En casa cocina mi señora y en mis días libres
cocino yo. Yo siento placer cuando lo hago. Lo mejor que
hace ella son las pizzas y las empanadas norteñas,
les salen ricas a pesar de no ser de la región.
>Salmón
rosado con remolachas y krein, por Máximo López
May (Para 4 personas)
Ingredientes
> 800g de Salmón
rosado, 15 remolachas pequeñas con sus hojas,
1 tasa de aceite de oliva, 1 limón, 1 taza de
hojas de eneldo, 1 taza de crema, 1/2 taza de queso
crema, 1 taza de krein rallado (rábano picante).
Sal y pimienta a gusto.
Preparación
y armado:
En una placa para
horno disponer las remolachas limpias, con sus hojas,
el aceite de oliva, la mitad del eneldo, dos limones en
rodajas, sal y pimienta. Tapar herméticamente y
cocinar al horno moderado hasta que las remolachas estén
tiernas.
Para la crema de krein, batir la crema hasta que empiece
a tomar cuerpo agregar el queso crema, el krein rallado,
jugo de un limón, sal y pimienta. En un sartén
cocinar el salmón cortado en porciones (con la
piel) hasta que esté a punto. Servir con las remolachas,
crema de krein y terminar con el resto de las hojas de
eneldo.
> Juliana y Máximo López May
Cocineros de alma
Son hermanos y cocineros, empezaron en el arte culinario muy jóvenes, nunca trabajaron juntos y hoy son marca registrada. Más bio ella y visceral él, cada uno conserva un estilo gourmet que lo destaca. A la hora de poner manos en la masa coinciden en que más es menos y que hay que dar prioridad a los productos y no a su presentación. En esta nota comparten su arte.
La historia gourmet de Juliana López May (30) comienza
cuando era adolescente. El escenario es la cocina de su casa; donde
dio sus primeros pasos entre ollas y sartenes. Allí ayudaba
a su mamá Leonor a elaborar tortas alemanas. “Tengo
el recuerdo de una cocina repleta de tortas. La casa era algo así
como una fábrica de dulces”, cuenta “¿Te
acordás como jugábamos a tirarnos harina?”,
interrumpe su hermano Máximo y se ríen cómplices
del recuerdo. Esos momentos fueron las primeras estaciones de un
largo viaje gourmet que comenzó profesionalmente cuando cumplió
18: “Terminé el secundario y me puse a estudiar cocina
por dos años. Me recibí de Especialista en Arte Culinario”,
cuenta. Lo que sigue fueron pasantías “en un hotel
cinco estrellas y restaurantes”. Aunque la gran puerta al
mundo gourmet se abrió de la mano de Francis Mallmann o “Rulo”,
como le dice su hermano. Fue por seis años la asistente personal
del famoso chef, entre las tareas que cumplía en aquellos
años “escribía sus recetas y estaba a cargo
de las producciones para su programa en televisión. Mi vida
giraba en torno a la cocina; salía de ese ambiente y no sabía
qué hacer, me sentía perdida. ¡No tenía
otro tema de conversación con mi amigas!”, confiesa.
Tanto trabajo, entonces, decidió compensarlo con un tiempo
sabático en Londres. En el país anglosajón,
entre buses, temas de los Beatles, fue gestando Círculo,
el restaurante que inauguró un año más tarde,
en Buenos Aires. “Tenía trabajo, mi propio restaurante,
pero me faltaba algo”, reconoce. Entonces surgió la
posibilidad de inaugurar C.O.C.I.N.A, junto con sus hoy dos grandes
amigas, Jackie y Jessica Lekerman. “Se trata de un emprendimiento
de comida orgánica, damos talleres y vendemos productos naturales”,
explica.
¿Qué significa C.O.C.I.N.A? “Cómo organizar
con inspiración nuestra alimentación”, deletrea.
“En síntesis, es cocina saludable, hace bien al cuerpo
y a la mente. ¿Ves?”, invita mientras señala
las rúculas, mentas y eneldos, que hay en el jardín.
Juliana se muestra serena, calma. Refleja paz, “es naif, bio
y muy zen”, la define su hermano menor. A lo que ella responde:
“Creo en poder nutrirse de otra manera porque cuanto más
fresca y sana sea nuestra alimentación, más frescos
y sanos nos sentiremos”. “Esa es mi historia”,
concluye y enseguida llama a su hermano para que siga con la entrevista.
“Mors (morsa en un inglés bien criollo) es tu turno”
agrega.
Máximo López May en la cocina se siente como pez en
el agua. “Es mi habitat, el lugar en el que estoy más
cómodo”, asegura. A los 14 años repartía
pizzas y mientras esperaba que salieran las grandes de muzzarela
siempre se daba una vuelta por la cocina. “Miraba al maestro
pizzero trabajar y me sentía cómodo con el calor de
los hornos”, la misma comodidad que años más
tarde sintió al ayudar a Juliana y a su mamá a preparar
tortas. Como en este caso los genes no podían ser menos,
Máximo siguió los pasos de su hermana. “Mis
conocimientos gourmet son de oficio porque no quise ir a una escuela
de cocina”. Su primera incursión “en serio”
fue en Llers, con Fernando Trocca. “Un día entré
y pregunté si podría trabajar gratis, a modo de pasantía,
fueron dos años de pelar papas, cortas cebollas y limpiar
pisos; todo sin cobrar una moneda. Pero era feliz y estaba súper
contento”.
El primer trabajo pago vino con Pablo Mazzei, quien fue uno de sus
grandes maestros, en el restaurante Valentinos. A partir de allí,
al igual que Juliana, no paró: estuvo algunas temporadas
con Juli y Mallmann en Uruguay, también en el restaurante
del Museo Renault, entre otros tantos más. Pero algo lo hizo
frenar: “Llegó un punto en el que sentí vértigo.
Tenía veinte años y tenía 50 personas a cargo,
la mayoría más grandes de edad que yo. Entonces sentí
necesidad de volver a empezar; sentí que tenía que
pelar nuevamente papas y limpiar pisos”. Y lo hizo porque
viajó a Australia para ayudar a un amigo con la apertura
de un restaurante. Allí pudo empezar desde abajo otra vez.
Lo que sigue fue un viaje a Nueva York y luego el restó La
Corte, en Las Cañitas, el que hoy lo tiene al frente de su
cocina. “Me encanta la vida de restaurante. Es que soy un
bicho de rutina, en cambio mi hermana es más etérea
y no le gusta cumplir horarios, prefiere más libertad en
el trabajo”.
La cocina de Máximo (o de “la morsa”, como lo
apodó Mazzei y hoy lo llaman sus íntimos), es rústica
“como las mujeres, que me gustan chatas y desprolijas”,
dice a la vez que suelta una carcajada que se escucha desde las
demás habitaciones. “Mi comida es para comer con hambre,
con instinto. Me gusta lo simple por eso creo que menos es más,
porque le doy prioridad al producto y no a la preparación”.
Y se escucha el grito de su hermana desde la cocina: “Igual
que yo”.
Los hermanos
Los hermanos López May son cuatro: el mayor vive en los Estados
Unidos, es un hombre de negocios; Máximo y Juliana son los
del medio, y la menor -y más mimada- es kinesióloga.
“Todos nos llevamos bárbaro”, aseguran a dúo.
La descendencia gourmet de la familia es española por parte
del padre y alemana por referencia materna. Ambos juran que no hay
competencia ni comparaciones “Nos respetamos y queremos mucho.
Si hasta hablamos por teléfono casi todos los días”
cuentan.
Cuando se da la oportunidad hasta comen juntos “pero soy yo
-dice Máximo- el que saquea su heladera. “Si la tuya
está siempre vacía”, lo reta Juliana. Consultados
sobre la posibilidad de trabajar juntos, algo que nunca hicieron,
dicen casi a coro “no sé dio la oportunidad, pero en
realidad ¿para qué trabajar juntos? si así
estamos bárbaro” y nuevamente sueltan carcajadas. <
Texto: Paula Coello. Producción: Zulma Molinaro. Fotos: Marcelo Dubini.