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> Tortas de centolla (para 4 personas)
Ingredientes

30 g de manteca,
40 g de harina, 250 ml de leche,
100 g de queso parmesano,
2 yemas, 200 g de choclo desgranado, 1/4 kg de papas,
200 g de centolla, 2 puerros,
perejil fresco, aceite de oliva,
sal y pimienta, nuez moscada,
hierbas frescas.

Preparación y armado:
Preparar una salsa blanca con la harina, manteca y leche, retirar del fuego, agregar el queso rallado y las yemas. Mezclar bien con un batidor de alambre. Agregar sal, pimienta y nuez moscada. Hervir las papas y hacer un puré.
Cortar los puerros en rodajas y dorarlos con manteca. Mezclar el puré con la centolla desmenuzada, agregar los granos de choclo ya blanqueados, los puerros dorados y la salsa blanca. En una sartén con aceite de oliva bien caliente, echar la preparación anterior por cucharadas, dorándolas de todos lados. Cortar con un pelapapas tiras de zanahorias y freírlas.
Mientras tanto, procesar el perejil con aceite de oliva, sal y pimienta. Debe quedar un aceite espeso. Servir las tortas de centolla con una ensalada verde, las zanahorias y el aceite de perejil.

> Francis Mallmann
Un romántico en la cocina
El maestro de cocineros, emprendedor y buscador incansable de la geografía que le otorgue un escenario para asentar sus restós, abrió las puertas y la cocina de Garzón, la posada y restaurante ubicada en un pequeño pueblo uruguayo que enamora.

Qué condujo a uno de los cocineros más conocidos de la Argentina, dueño de cinco restaurantes, a instalarse en Garzón, un pueblo de no más de 200 habitantes, a 70 kilómetros de la glamorosa Punta del Este? “La cercanía, el vacío, el silencio. Lo rural, la arquitectura de principios de siglo, el hecho de que geográficamente es bellísimo, al pie de la sierra, con los montes de coronilla que sacaron de la costa uruguaya para plantar eucaliptos. Y la sensación de empezar otra vez”, responde Francis Mallmann.
Emprendedor por naturaleza, un par de años atrás llevó a Manuel Mas, de Finca La Anita, al lugar y logró entusiasmarlo. “Compramos la casa y planificamos la posada con cinco habitaciones, caballos, sulky, bicicletas, actividades en el campo”. La propuesta sedujo, especialmente, al turismo foráneo, “porque para los argentinos, Punta del Este todavía tiene que ver con la noche, en cambio para los extranjeros, Uruguay es playa y campo”, observa.
En sus ojos claros se mezclan esa paz que encuentra en tierras uruguayas y un espíritu inquieto. Mallmann pasa mucho tiempo sobre un avión. No le faltan motivos para visitar sus otros cuatro restaurantes, repartidos en diversos rincones de América: Patagonia Sur, en el porteño barrio de La Boca; Patagonia West, en los elegantes suburbios de Hamptons, sobre la costa de Nueva York; 1884, en el departamento Godoy Cruz, Mendoza; y Los Negros, en el faro de José Ignacio, Uruguay. “Soy muy nómada”, confirma. Desde los tres años su vida se repartió entre Estados Unidos, Buenos Aires y Bariloche hasta su partida a París “para aprender”, donde conoció a quien considera su maestro: Raymond Oliver, “un chef de la escuela francesa clásica, que ya era viejo cuando trabajé con él, en el restaurante Le Gran Véfour”.
A Mallmann le gusta la música clásica contemporánea, toca la guitarra, canta, escribe. Y en sus ratos de ocio, cose su propia ropa. Le busca el lado sensible a la vida hasta cuando explica porqué decidió abrir Nahuel Malal, su primer restaurante en Bariloche: “Tenía 18 años, quería empezar algo y me atraía la posibilidad de alegría de ese escenario, la decoración, la música, la seducción que se da a través del cocinero o del mozo, una relación con el cliente que a veces dura, o se da sólo una vez y queda la foto en el recuerdo”.
Convertido en marca registrada, Francis Mallmann no reniega de sus ambiciones -“me encanta ganar dinero, pero no lo puedo hacer sin algo que me motive porque me aburro inmediatamente”-, y aclara que “los míos no son emprendimientos corporativos en los que se miden los 100 g de lomo. En cualquier cosa que uno haga en la vida es mejor que prevalezca el romance. En mi trabajo, prefiero que gane la experiencia y no la cuenta exacta”.
“La generosidad frente al trabajo”, un rasgo “artesanal”, define, es lo que trató de transmitir a sus numerosos discípulos, más allá de las recetas. Romanticismo al que no renuncia a pesar de que en estos 30 años tuvo que organizarse “en lo administrativo”. Y al que se aferra cada vez más, como lo hace con la cocina argentina “y con el fuego, el carbón, el horno de barro.” Disfruta de “cosas que no pueden cambiar en mi cocina, como por ejemplo, el ojo de bife con chimichurri y papas patagónicas, porque es un pasaporte mío, y si bien busco recetas nuevas, tengo platos que son insuperables, a mi gusto, en mi sentir”.
La mirada interior también aflora cuando planifica sus vacaciones por el sur argentino con las menores de sus cuatro hijos (de 9 y 6 años), en bicicleta: “tengo ganas que conozcan esa velocidad de viaje”. La misma pulsión que inspiró la elección de un lugar remoto -primero, José Ignacio; ahora, Garzón-. “para dar a conocer otras formas posibles”. Aunque a veces, a la hora de hablar de este hotel y restaurante de Garzón (que vale U$S 180 la noche con pensión completa), el único del pueblo, intente disuadir a su interlocutor con un “no es para vos”. En cuanto menciona la frase “les da más ganas de venir -chancea- y la gente se enamora de este lugar”. Definitivamente. <

     
    Fotos: Silvia Bordoni. producción: Graciela boldarín. Agradecimientos: Restaurante Propio.
     

     
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