Florencia Gennaro
“Ser modelo me eleva la autoestima”
Su profesionalismo contrasta con su juventud. La modelo de 17 años ya tiene cuatro de experiencia y una carrera prominente en Nueva York, París, Milán y Londres. Trabajó para los nombres más resonantes de la moda, pero cuando viene a la Argentina vive con sus padres en Rosario y va al colegio. Sueña con ser la número 1 y no teme afrontar el desafío.
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Llegó medio agitada y a las corridas por el retraso del micro en que venía de su Rosario natal. Con el pelo recogido con un rodete casero, unos jeans angostos, una remerita negra y a cara lavada, Florencia Gennaro arribó a la sesión de fotos con entusiasmo para recibir el maquillaje, el peinado y el vestuario de la producción.
Sin dejar de sonreír y evidenciando la frescura de sus 17 años, la modelo se entregó por completo al tratamiento de los expertos. “Esto es lo lindo de ser modelo: todo el mundo está pendiente de vos, te preparan todo, te ponen ropa divina, te producen, y te dejan fantástica”, dice en tono alegre y entusiasta.
Y no habla desde una fantasía infantil. A los 17 años ya tiene una importante carrera como modelo: estuvo en desfiles de grandes de la moda como Dior, Givenchy, Kenzo, Galliano, Jeanne Lanvin, Louis Vuitton, Hermès, Pucci, Jil Sander, entre otros y en unas semanas vuelve a trabajar a Estados Unidos y Europa. Cuando habla, no parece ser alumna de quinto año de secundaria. “Me la paso viajando, casi 6 meses al año, para los fashion shows.... dos semanas en Nueva York, otra en Londres, otra en Milán, otra en París y así”, dice con la naturalidad con la que cualquier otra chica hablaría sobre sus horarios escolares.
Pero ella no y cuando muchos de su edad no ven la hora de salir de clase, ella está feliz de decir presente. “Estoy aprovechando para pasar la mayor cantidad de tiempo que puedo en Rosario, yendo al colegio, estando con mis amigos y con mi familia”, sostiene sonriendo y aclara en medio de una pequeña carcajada: “Eso sí, el viaje de egresados no me lo pierdo ni loca. Ya los tengo a todos advertidos: como yo no voy a estar, en agosto nadie se va a ningún lado”.
Toda esa charla adulta, llena de experiencia, se debe a que empezó a trabajar como modelo a los 14. Su altura siempre le llamó la atención a la gente, que la alentaba en menor o mayor medida a subirse a una pasarela. “Al principio no me atraía mucho esto”, confiesa reflexiva, pero cuando empezaron a surgirle propuestas, cambió de opinión.
Si tuviera que definirse diría que es hiperactiva, perfeccionista, obsesiva y sociable. “Me exijo mucho a mí misma. Siempre fui así. Cada vez que estoy con algo que me gusta lo hago lo mejor posible, y le pongo toda la fuerza. Creo que por eso estoy donde estoy. Me encantaría convertirme en una modelo reconocida tanto en el país como en el mundo”, admite sin ruborizarse y con tono firme.
Tanto se esfuerza por lo que le apasiona, que antes de tener una exitosa carrera como modelo estaba en la selección argentina de vóley sub-14. “Estaba por irme a jugar el torneo sudamericano a Ecuador y después al mundial a Japón. Pero tuve que tomar una decisión y creo que no me equivoqué al elegir este camino”, cuenta y agrega: “En ese momento todos me decían que estaba loca, que representar al país era lo que todo el mundo quería. Viéndolo ahora, me parece que de alguna manera también lo estoy haciendo”.
Los viajes y el hecho de vivir sola, le dieron un sentido de la independencia que no abandona ni cuando vuelve de Nueva York a Rosario. “A veces, estoy regresando del colegio, me acuerdo que faltaba algo de la heladera y paso por el súper. Mi mamá todavía no lo puede creer”, relata orgullosa de sí misma.
Esas cosas las fue aprendiendo, en su estadía en un departamento neoyorquino junto a modelos de todo el mundo. “Es rara la convivencia tan cosmopolita. Hay chicas rusas, polacas, canadienses y de otros países, y cada una tiene sus costumbres particulares. Es muy loco ver a algunas compañeras de Rusia de 13 años, que las mandan solitas y ahí te das cuenta de la realidad que se vive en los distintos lugares del planeta. Tal vez, las familias de esas chicas ven en sus hijas el pasaporte a la salvación. En mi caso, yo sé que si en algún momento esto no me gusta más, puedo volver a mi casa y mis papás no van a tener ningún problema”, observa comparando las distintas culturas.
Con una visión de futuro bien clara, considera que el año próximo deberá instalarse en el exterior para fortalecer todo lo que empezó en estos años y eso no la asusta. “Ser modelo me hace sentir mimada, me siento importante, me eleva la autoestima. No sé por qué me eligen, pero evidentemente algo debo estar haciendo bien”, afirma sin falsa modestia y concluye: “Desde chica supe que no quería una vida convencional: no deseo trabajar en una oficina y tener una rutina. Quiero algo distinto para mí, conocer gente, viajar y estar bastante lejos de lo habitual. Estar un día en Nueva York y al otro en la mágica París, sinceramente, no tiene precio”. - |